Ayer volví a ver Coco, la película de Pixar que me estruja el alma en 197 pedazos. Es la cuarta o quinta vez que la veo y, aunque en teoría está hecha para niños, siempre me hace reflexionar sobre cuestiones profundas. Sobre todo, sobre la importancia de ser importantes.
Por ejemplo, sobre la muerte. Somos los únicos animales que sabemos que vamos a morir. Mi perrita morirá algún día, pero no es consciente de ello. Nosotros sí, y por eso somos los únicos que podemos reflexionar sobre qué «queda» después de la muerte.
No se trata de saber qué hay después de la muerte: eso no podemos saberlo. La cuestión es otra: ¿qué queda después de la muerte? ¿Hemos conseguido ser importantes para alguien?
La vida es demasiado corta
Durante los primeros 25 años de vida, más o menos, nos dedicamos a instalar aplicaciones en nuestro sistema operativo. Entre los 25 y los 50, en general, estamos permanentemente produciendo: más vida, más trabajo, más patrimonio. Y a partir de ahí, con una esperanza de vida media en el mundo que ronda los 73 años, empezamos poco a poco a desinstalar aplicaciones y a prepararnos para el final.
Inevitablemente, la película me llevó a pensar en esto: ¿qué dejamos cuando nos toca irnos? Siento que la vida es demasiado corta como para dejarla pasar sin convertirnos en algo importante para alguien.
La importancia empieza cuando termina la obligación
Coco me recuerda mucho a mi madre. Cuando hablo de «importar» me refiero a algo de puertas para adentro: a esas personas que te dejan algo, que te enseñan, que te hacen sentir más.
Y la reflexión de hoy es esta: ¿cuánto estamos importando? ¿Qué esfuerzo hacemos en el día a día para ser importantes para alguien?
Solemos vivir en modo automático. Mucha gente va por la vida, a pesar de lo corta que es, limitándose a cumplir con su obligación. Y la pregunta debería ser otra: ¿qué puedo hacer, además de lo que me toca, para que mi paso importe a alguien?
Hacer algo que importe al otro
Un ejemplo muy simple es el de Edgar, el camarero del bar que hay cerca de mi casa. Su obligación es acomodarte en la mesa, traerte la carta, tomarte el pedido, servirte y cobrarte. Pero Edgar es distinto. Sabe lo que me gusta y lo que no. A veces me advierte de que el plato del día no está tan bueno. Y cuando voy con mi padre, me aconseja que con tal o cual plato será suficiente para los dos.
Edgar no solo cumple con su obligación: va más allá. Hace lo mejor que puede hacer desde el lugar que le toca.
Creo que mucha gente podría hacer mucho más que su obligación, aunque sea con una simple sonrisa. Ya que estamos en el trabajo y tenemos que cumplir, siempre podemos hacer algo que importe al otro. Un gesto, una actitud, un detalle. Ir un poco más allá. Ahí está la importancia de ser importantes.
Hoy voy a ese bar por Edgar. No por la comida ni por el sitio: por él. Con el tiempo ha conseguido que no me olvide de él.
Trascender para no ser olvidado
Para cerrar, quiero compartir algo que no voy a olvidar nunca: la cara de un muchacho.
Hace unos años volvía en coche, de noche, de Madrid a Granada, después de un largo día en un congreso. Era tarde y tenía mucha hambre, así que paré en una gasolinera. Estaba todo cerrado. Me acerqué a la persona que estaba en la caja, terminando su jornada, y le pregunté tímidamente si tenía algo para comer. Me dijo que no, que allí no había nada que pudiera venderme. Pero entonces, para mi sorpresa, añadió: «Déjame que mire dentro; quizá pueda hacerte un bocata con lo que me ha sobrado de mi comida.»
En ese momento, esa persona se volvió importante para mí. Hizo mucho más de lo que le tocaba. Trascendió su obligación, y me dejó algo que todavía hoy no he olvidado.
Eso es lo que cuenta Coco: que uno no se va del todo hasta que todos lo olvidan. La reflexión de hoy tiene que ver con eso: intentar ser lo más importantes que podamos para los que nos rodean, para seguir viviendo en su corazón, como la bisabuela de la película. Marca una diferencia enorme para el otro, y también para nosotros mismos.
Si no has visto Coco, o hace tiempo que no la ves, aquí tienes el tráiler. Muy recomendable.
Para profundizar
- El hombre en busca de sentido, de Viktor Frankl. Un psiquiatra que sobrevivió a los campos de concentración explica por qué el sentido de la vida se encuentra, muchas veces, en lo que hacemos por los demás.




