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Pilar 05 · Apoyo y Contribución

Por qué ayudar a otros te hace crecer (y cómo hacerlo sin quemarte)

Ayudar a otros mejora tu bienestar, pero no de cualquier manera: qué dice la ciencia, por qué importa el motivo y cómo contribuir sin quemarte.

Redacción M | APublicado el · Revisado el
8 min de lectura
Una planta en una maceta de barro y, a su lado, un esqueje de ella echando raíces en un vaso de agua, sobre el alféizar de una ventana

Piensa en la última vez que ayudaste a alguien sin que nadie te lo pidiera. Una mudanza, una tarde escuchando a un amigo, un favor que te costó más de lo que parecía. Lo más probable es que salieras de ahí mejor de lo que entraste.

No es una impresión. Es uno de los hallazgos más consistentes de la psicología del bienestar: dar le hace bien a quien da. Pero tiene una letra pequeña que casi nadie cuenta. Hay personas que ayudan tanto, o de tal manera, que acaban vacías: el voluntario que lo deja agotado, la sanitaria que ya no siente nada, el amigo que está para todos menos para sí mismo.

Esta es la guía del pilar Apoyo y Contribución de Mentes Atómicas. Verás qué gana quien ayuda, por qué el motivo pesa más que la cantidad y cómo contribuir de una forma que te haga crecer en lugar de consumirte.

Lo que dice la investigación

Dar hace más feliz que recibir

En 2008, Elizabeth Dunn, Lara Aknin y Michael Norton hicieron un experimento sencillo. Dieron a un grupo de personas un sobre con 5 o 20 dólares y unas instrucciones: gastarlo antes de las cinco de la tarde. A unas les pidieron que lo gastaran en sí mismas; a otras, en alguien más. Al final del día, las que habían gastado el dinero en otros se sentían más felices. La cantidad daba igual: 5 dólares funcionaban tanto como 20.

Unos años después, Aknin y su equipo comprobaron si aquello era una rareza norteamericana. Analizaron los datos de más de 200.000 personas en 136 países y encontraron que gastar en los demás se asociaba con más bienestar en 120 de ellos, también en países pobres y descontando los ingresos. Lo confirmaron con experimentos en Canadá, Uganda e India.

Ayudar se asocia con una vida más larga

Una revisión de 2013 reunió los estudios sobre voluntariado en personas de 55 años o más. Quienes colaboraban de forma organizada tenían un 24 % menos de riesgo de morir durante el periodo estudiado, incluso teniendo en cuenta su salud previa y otros factores.

Conviene leer el dato con cuidado: son estudios de observación, así que no demuestran que ayudar alargue la vida. También puede ocurrir que las personas más sanas ayuden más. Pero hay otra pista que apunta en la misma dirección. Michael Poulin y su equipo siguieron a más de 800 personas durante cinco años y vieron que los momentos de estrés intenso se asociaban con más mortalidad, salvo en quienes ayudaban habitualmente a otros. En ellos, esa relación desaparecía.

El motivo importa más que la cantidad

Aquí está la letra pequeña. No toda ayuda produce estos efectos.

Netta Weinstein y Richard Ryan compararon a personas que ayudaban porque querían con otras que lo hacían por obligación o presión. Solo en el primer caso mejoraba el bienestar de quien ayudaba. Y, curiosamente, también el de quien recibía la ayuda: se nota cuándo alguien te ayuda de verdad y cuándo está cumpliendo.

Sara Konrath y su equipo encontraron algo parecido con la salud. Entre miles de personas de unos 65 años, los voluntarios que colaboraban por los demás tenían menos riesgo de morir cuatro años después. Los que lo hacían sobre todo por ellos mismos, para sentirse mejor o mejorar su imagen, tenían el mismo riesgo que quienes no hacían voluntariado.

Es la diferencia entre cumplir y contribuir. Lo contamos con el ejemplo de Edgar, el camarero que hace más de lo que le toca, en La importancia de ser importantes: lo que deja huella empieza justo donde termina la obligación.

Ayudar para quedar bien te deja igual. Ayudar porque te importa te cambia.

Por qué dar también te hace crecer

Sentirse bien es solo una parte. Contribuir también te hace mejor en lo que haces y le da dirección a lo que vives.

El psicólogo Adam Grant estudió durante años quién llega más lejos en el trabajo. Clasificó a las personas en tres grupos: las que dan, sin esperar nada a cambio; las que toman todo lo que pueden; y las que equilibran, que dan en la medida en que reciben. Lo sorprendente fue dónde aparecían las que dan: tanto en lo más bajo como en lo más alto de las escalas de éxito.

La diferencia entre unas y otras no era cuánto daban, sino cómo. Las que se quedaban abajo ayudaban a cualquiera, en cualquier momento y a costa de sí mismas, hasta agotarse. Las que llegaban arriba eran generosas con criterio: elegían a quién, cuándo y cómo ayudar, y cuidaban también sus propios objetivos.

Y hay algo más profundo. El psiquiatra Viktor Frankl sostenía que el sentido de la vida no se encuentra mirándose a uno mismo, sino en lo que uno hace por algo o por alguien más. Contribuir no es un añadido amable a una vida ocupada: es una de las formas más fiables de que esa vida tenga dirección.

Cómo ayudar sin quemarte

Compasión, no solo empatía

Parece lo mismo, pero no lo es. La empatía es sentir lo que siente el otro: si sufre, sufres con él. La compasión es preocuparte por el otro y querer aliviarlo, sin quedarte atrapado en su dolor.

La neurocientífica Olga Klimecki y su equipo entrenaron a voluntarios en una y otra. Tras practicar la empatía, los participantes sentían más emociones negativas ante el sufrimiento ajeno. Tras practicar la compasión, sentían más emociones positivas y activaban regiones del cerebro asociadas al afecto y la recompensa. Por eso quienes cuidan a otros durante mucho tiempo pueden acabar con lo que el psicólogo Charles Figley llamó fatiga por compasión: no por preocuparse demasiado, sino por absorber demasiado.

Cinco reglas para que dar te sume

  1. Elige, no cedas. Ayuda donde quieres ayudar, no donde te presionan. Lo que haces por obligación desgasta; lo que eliges, alimenta.
  2. Dosifica. Tanto los que no colaboran nunca como los que dedican muchísimas horas tienen menos bienestar que quienes colaboran con moderación. Grant propone una orientación: unas 100 horas al año, unas dos a la semana. No es una ley, pero sirve de referencia.
  3. Concentra. Sonja Lyubomirsky pidió a unos estudiantes cinco actos de amabilidad por semana durante seis semanas. Quienes los hacían todos el mismo día aumentaron su felicidad; quienes los repartían a lo largo de la semana, no. Una tarde dedicada a ayudar se nota más que cinco gestos sueltos.
  4. Mira el efecto. En un estudio de Grant, unos teleoperadores que recaudaban fondos para becas hablaron cinco minutos con un estudiante becado. Un mes después pasaban más del doble de tiempo al teléfono y recaudaban casi el triple. Ver a quién ayudas sostiene las ganas de seguir.
  5. Pon límites sin culpa. Decir que no a lo que no puedes hacer bien es lo que te permite seguir ayudando mañana. La generosidad sin límites no dura; la generosidad con criterio, sí.

Cuatro formas de contribuir

No hace falta un gran gesto. Hay cuatro maneras de aportar, y casi todo el mundo tiene al menos una a mano:

  • Tiempo. Un voluntariado regular, aunque sea pequeño: una tarde cada dos semanas, siempre en el mismo sitio.
  • Talento. Lo que sabes hacer bien, puesto al servicio de otro: revisar el currículum de alguien, enseñar lo que dominas, ser mentor de quien empieza.
  • Dinero. Dar a una causa o a una persona, aunque sea poco. Los 5 dólares del experimento de Dunn funcionaban igual que los 20.
  • Atención. Escuchar de verdad a alguien que lo necesita. Es la forma de contribuir más infravalorada y la que más cerca tienes. Si te cuesta, en Conversaciones difíciles explicamos cómo escuchar hasta que el otro se sienta comprendido.

Para empezar, una sola decisión esta semana: una persona, una hora, una cosa concreta. Y apúntala. Lo que no se planifica se queda en buena intención.

En resumen

  • Dar le hace bien a quien da: más felicidad, en casi todas las culturas, y una asociación con mejor salud.
  • El motivo importa más que la cantidad. Ayudar porque quieres suma; ayudar por obligación o por imagen, no.
  • Las personas generosas llegan más lejos cuando dan con criterio: eligen a quién, cuándo y cómo.
  • Para no quemarte: compasión antes que empatía, una dosis moderada, ayuda concentrada, ver el efecto y límites sin culpa.
  • Tiempo, talento, dinero o atención: empieza esta semana por uno.

Una mente atómica no se mide por lo que acumula, sino por lo que deja en los demás.


Para profundizar

  • Dar y recibir, de Adam Grant. El estudio más completo sobre por qué las personas generosas pueden llegar más lejos, y sobre la diferencia entre dar con criterio y dar hasta agotarse. Lleno de investigaciones y de casos reales.
  • El hombre en busca de sentido, de Viktor Frankl. Un psiquiatra que sobrevivió a los campos de concentración explica por qué el sentido de la vida se encuentra, muchas veces, en lo que hacemos por los demás. Breve, duro y necesario.

Fuentes

  • Aknin, L. B., Barrington-Leigh, C. P., Dunn, E. W., Helliwell, J. F., Burns, J., Biswas-Diener, R., Kemeza, I., Nyende, P., Ashton-James, C. E. y Norton, M. I. (2013). Prosocial spending and well-being: cross-cultural evidence for a psychological universal. Journal of Personality and Social Psychology, 104(4), 635-652.
  • Dunn, E. W., Aknin, L. B. y Norton, M. I. (2008). Spending money on others promotes happiness. Science, 319(5870), 1687-1688.
  • Figley, C. R. (1995). Compassion Fatigue: Coping with Secondary Traumatic Stress Disorder in Those Who Treat the Traumatized. Brunner/Mazel.
  • Frankl, V. E. (2016). El hombre en busca de sentido. Herder.
  • Grant, A. (2013). Give and Take: A Revolutionary Approach to Success. Viking. En español: Dar y recibir (Océano, 2023).
  • Grant, A. M., Campbell, E. M., Chen, G., Cottone, K., Lapedis, D. y Lee, K. (2007). Impact and the art of motivation maintenance: the effects of contact with beneficiaries on persistence behavior. Organizational Behavior and Human Decision Processes, 103(1), 53-67.
  • Klimecki, O. M., Leiberg, S., Ricard, M. y Singer, T. (2014). Differential pattern of functional brain plasticity after compassion and empathy training. Social Cognitive and Affective Neuroscience, 9(6), 873-879.
  • Konrath, S., Fuhrel-Forbis, A., Lou, A. y Brown, S. (2012). Motives for volunteering are associated with mortality risk in older adults. Health Psychology, 31(1), 87-96.
  • Lyubomirsky, S., Sheldon, K. M. y Schkade, D. (2005). Pursuing happiness: the architecture of sustainable change. Review of General Psychology, 9(2), 111-131.
  • Okun, M. A., Yeung, E. W. y Brown, S. (2013). Volunteering by older adults and risk of mortality: a meta-analysis. Psychology and Aging, 28(2), 564-577.
  • Poulin, M. J., Brown, S. L., Dillard, A. J. y Smith, D. M. (2013). Giving to others and the association between stress and mortality. American Journal of Public Health, 103(9), 1649-1655.
  • Weinstein, N. y Ryan, R. M. (2010). When helping helps: autonomous motivation for prosocial behavior and its influence on well-being for the helper and recipient. Journal of Personality and Social Psychology, 98(2), 222-244.
  • Windsor, T. D., Anstey, K. J. y Rodgers, B. (2008). Volunteering and psychological well-being among young-old adults: how much is too much? The Gerontologist, 48(1), 59-70.

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