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Pilar 01 · Claridad y Enfoque

Marco Aurelio y la mañana en que no quería levantarse

Marco Aurelio, emperador de Roma, también tenía mañanas sin ganas de levantarse. Lo que se escribió a sí mismo para salir de la cama sigue sirviendo.

Alex de JongPublicado el
5 min de lectura
Dormitorio austero de piedra al amanecer, con una manta de lana menta echada hacia atrás sobre la cama

Hay un momento, entre que suena el despertador y que pones el primer pie en el suelo, en el que se libra una batalla pequeña. Fuera hace frío, o todavía es de noche, o te espera un día que no te apetece nada. Dentro de la cama se está bien. Y una voz muy razonable te dice que cinco minutos más no cambian nada.

Todos conocemos esa voz. Lo que pocos sospechan es que también la conocía el hombre más poderoso de su tiempo.

Imagina un campamento militar a orillas del Danubio, hacia el año 170. Es invierno y aún no ha amanecido. En una de las tiendas, bajo varias mantas, un hombre de casi cincuenta años no quiere levantarse. Le esperan otro día de guerra contra los pueblos del otro lado del río, las noticias de una epidemia que lleva años vaciando ciudades y un cuerpo que nunca ha tenido buena salud. Ese hombre es Marco Aurelio, emperador de Roma.

No sabemos dónde escribió cada una de sus notas. Sí sabemos que una parte la escribió en campaña, y que una de ellas empieza así:

«Al amanecer, cuando te cueste levantarte, ten a mano este pensamiento: me levanto para hacer mi trabajo de ser humano. ¿Por qué me quejo, entonces, si voy a hacer aquello para lo que existo y para lo que vine al mundo? ¿O es que me hicieron para quedarme entre las mantas, calentito? “Pero así se está más a gusto”. ¿Naciste, entonces, para estar a gusto y no para actuar?» (Meditaciones, V, 1)

Un cuaderno que no era para nosotros

Conviene saber quién escribe eso. En aquel momento, Marco Aurelio gobernaba un imperio que iba de Britania a Egipto. Podía tenerlo casi todo, menos ganas.

Y no escribía para nadie. El libro que hoy llamamos Meditaciones era un cuaderno privado, escrito en griego, la lengua de la filosofía de su época. El título que nos ha llegado en los manuscritos, Ta eis heautón, quiere decir algo así como «Para sí mismo». No eran lecciones para sus súbditos ni frases para la posteridad. Eran notas para recordarse cómo quería vivir, escritas por un hombre que había estudiado a los estoicos desde joven y que intentaba, con más o menos éxito, ponerlos en práctica.

Por eso suenan tan poco solemnes. Se habla de tú, se hace preguntas, se pone objeciones. «Pero así se está más a gusto», se contesta a sí mismo, como haría cualquiera. Y unas líneas más abajo se concede otra:

«“Pero también hay que descansar”. Hay que descansar, sí. Pero la naturaleza le ha puesto un límite, igual que se lo ha puesto a la comida y a la bebida. Y tú en eso te pasas de la medida, y en lo que haces te quedas corto.»

Lo que más me reconcilia con él aparece bastantes páginas después. En el libro VIII vuelve exactamente al mismo sitio:

«Cuando te cueste despertarte, recuerda que lo propio de tu naturaleza humana es hacer cosas útiles para los demás; dormir, en cambio, también lo hacen los animales.» (Meditaciones, VIII, 12)

Es decir, no lo resolvió una vez y para siempre. El emperador de Roma tuvo que volver a convencerse, seguramente muchas mañanas. Y se levantó. Reinó casi veinte años, la mayoría entre guerras y epidemias, y murió en el año 180, todavía en campaña, en la frontera del Danubio.

Me levanto para hacer mi trabajo de ser humano.

Lo que significa hoy

Hemos convertido las mañanas en un asunto de técnica: la hora exacta del despertador, la rutina perfecta, la ducha fría, el móvil lejos de la cama. Algo de eso ayuda, y en Mentes Atómicas lo hemos contado con datos en Las 5 cosas que haces mal por la mañana. Pero Marco Aurelio no se hace ninguna de esas preguntas. No se pregunta cómo levantarse. Se pregunta para qué.

Ahí está, creo, lo que sigue sirviendo diecinueve siglos después. Veo tres cosas.

No espera a tener ganas. En ningún momento se dice que tenga que apetecerle. Da por hecho que no le apetece y busca otra razón para levantarse. Muchas veces esperamos a sentirnos motivados para empezar, y mi impresión es que suele ser al revés: las ganas llegan después, cuando ya estás en marcha.

El «para qué» no tiene que ser grandioso. Para él era su trabajo de ser humano: hacer su parte, como las plantas, los pájaros, las hormigas, las arañas y las abejas que menciona en el mismo pasaje, «cada uno haciendo su parte para ordenar el mundo». Me gusta esa imagen porque no tiene nada de heroico. Las hormigas no tienen ganas ni dejan de tenerlas: hacen su parte. Tu «para qué» puede ser una persona que cuenta contigo, algo que estás construyendo despacio, un trabajo que alguien necesita o tu propio cuerpo, que agradece que lo saques de la cama. Basta con que sea verdad.

Se habla con paciencia. Fíjate en el tono. No se insulta ni se llama vago. Se hace preguntas, como quien intenta convencer a un amigo al que aprecia. Muchos nos hablamos por dentro con una dureza que no usaríamos con nadie más. El hombre más poderoso del mundo se hablaba con más paciencia que la mayoría de nosotros.

Y conviene decir lo que este pasaje no es. No es un elogio de madrugar a las cinco ni de exprimirse hasta el agotamiento: él mismo defiende el descanso, con su medida. Tampoco es un remedio para todo. Si la falta de ganas dura semanas y lo tiñe todo, no es pereza ni falta de disciplina, y no se arregla con la cita de un emperador. Merece hablarlo con tu médico.

Ningún pensamiento te levanta para siempre. Hay que volver a él cada mañana.

Te propongo algo pequeño para esta semana. Antes de dormir, escribe en una línea para qué te levantas mañana. No para qué deberías levantarte: para qué de verdad. Una persona, una tarea, algo que quieres terminar. Déjalo junto al despertador. Cuando suene y aparezca esa voz tan razonable, tendrás la respuesta escrita, como la tenía él.

¿Para qué te levantas tú mañana?


Para profundizar

  • Meditaciones, de Marco Aurelio. El cuaderno completo, en doce libros breves, traducido del griego por Antonio Guzmán Guerra. Se puede leer de corrido o abrir por cualquier página: cada nota se sostiene sola.
  • La ciudadela interior, de Pierre Hadot. El gran estudio sobre las Meditaciones, del historiador que mejor ha explicado la filosofía antigua como una forma de vivir. Para quien quiera entender qué hacía Marco Aurelio cuando escribía para sí mismo.

Fuentes

  • Birley, A. R. (1987). Marcus Aurelius: A Biography (edición revisada). Batsford.
  • Hadot, P. (2013). La ciudadela interior: introducción a las Meditaciones de Marco Aurelio. Alpha Decay.
  • Marco Aurelio. Meditaciones, V, 1 y VIII, 12. Las citas son traducción propia a partir del texto griego.

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